Asociación de Amigos del Patrimonio de Laredo
‘A vos, Don Pelegrín mi amado clérigo…’’
Fernando Baylet
En la calle S. Francisco (antes Cordoneros y anteriormente las Cabañas), todavía podemos contemplar parte de la fachada la casa conocida como “Casa de los Puntales” o “Casa del Clérigo Pelegrín”. Esa de la que don Maximino dice en su libro “Laredo en mi Espejo” (Pág. 261), que: (…) “mandó fabricar y habitó el clérigo, don Pelegrín, repoblador de Laredo, en lugar estratégico, sobre la entrada de la cueva, que va a salir más arriba, en la cabecera del prado(…). Esta casa es de finales del siglo XII, y se halla intacta salvo el tejado que antes era llano, sirviendo hoy de modelo a las más viejas de Santillana del Mar, que se desean restaurar.” Esto lo escribe hacia 1932. En otro pasaje del libro (pág 120) la denomina: “G) Casa de los Puntales. Su Portal es del siglo XV, perteneció a la familia de los Pelegrines, y en su planta baja se ve la entrada a una galería subterránea que empieza con un arco de sillería.”
Bien es verdad que el bueno de Maximino tenía la costumbre de modificar sus propios datos y, como en este caso, fecha en diferentes épocas un mismo edificio o complementa sus explicaciones sin reparar en contradicciones. Pero no es mi intención aquí criticar a don Maximino, sino partir de sus datos para, desde ellos, hacer algunas reflexiones.
¿Quién era el clérigo Pelegrín? ¿Vivió realmente en la casa que lleva su nombre? ¿Qué hay de la cueva o galería subterránea a la que alude Basoa? Viajemos en el tiempo. A finales del siglo XII encontramos como abad del monasterio de Puerto (en Santoña) a un tal don Pelegrín, a quien Alfonso VIII encomendó repoblar Laredo (hacia el año 1174).
De siempre ha sido conocida la importancia de la colonización para el progreso de un país; igualmente es conocida la parte que en esa colonización tuvieron los monasterios. En esa tarea, primero el rey se encargará de recuperar lo que consideraba suyo, y una vez recuperado y asegurado, con defensores y defensas, se conceden estatutos jurídicos especiales (cartas-pueblas), que hagan atractiva la vida en las nuevas villas. Puede decirse que el gobierno de Alfonso VIII fue dilatado y fecundo en el orden legislativo, con privilegios y fueros, mediante los que se fue trasformando la sociedad haciéndola más libre. De igual manera se afirma la importancia que el rey concedió al desarrollo de estas tierras del Cantábrico.
Así, en la carta puebla de Laredo, y según nos indica el propio diploma de Alfonso VIII, se cita a un clérigo cuyo nombre franco –de origen francés- es Pelegrín o Peregrino, que parece ser al mismo tiempo Señor de Puerto de Santa María (Santoña). Parte de aquellos bienes que administraba, comenzó a aplicarlos abusivamente en beneficio de la nueva puebla. En este caso, Laredo.
A nuestro Don Peregrino, el rey le recompensó su labor con el usufructo vitalicio de todas las iglesias y beneficios eclesiásticos del amplio término de Laredo -entonces unos 100 Km2 - hasta los dos tercios del total de sus rentas. A la muerte de don Peregrino, esas rentas pasarían a los clérigos, hijos de la villa. El apellido Pelegrín fue largo en Laredo. Así podemos encontrar datos, en diferentes documentos y fechas que rezan: (…) “Entre los hombres buenos que ostentan cargos se hallan algunos apellidos que se repiten con asiduidad, como los Peregrines y los Villota. A las Cortes de Burgos de 1315, acudió como procurador de Laredo Juan Pelegrín, cuyo hijo, Gonzalo Pelegrín, ostentaba el cargo de procurador del concejo de Laredo en 1351; en 1380, Bernalt Pelegrín aparece como escribano del concejo” (…). Curioso lo prolijo del linaje si partimos de la idea de que don Pelegrín era un clérigo y, por lo tanto, célibe. Aunque no voy a ser tan malo y podemos pensar que invitó a participar a familiares suyos (hermanos, primos, etc.) en la famosa encomienda repobladora de Alfonso VIII. El propio rey distinguió a Pelegrín con el afectuoso mote de “dilecto clérigo” (amado con dilección, amor reflexivo).
Las crónicas refieren, como ya hemos dicho, que estaba al frente del monasterio de Santa María de Puerto. Pero si uno consulta el “Cartulario de Santa María de Puerto”, en él don Pelegrín aparece sustituyendo al abad Pedro Fernández a partir de 1205 y ocupando este cargo hasta 1209, en que le sustituye en el cargo don Gutierre. ¿Qué pintaba entonces comenzando a repoblar Laredo hacia 1174? Para deshacer el entuerto, hemos de remontarnos al cartulario de Nájera (Tomo I), monasterio al que perteneció el de Puerto. Según el referido cartulario najerino, la fecha de 1174 sería correcta como el inicio de la labor repobladora encargada por Alfonso VIII. Quede así constancia, una vez más, de la gran actividad repobladora de este abad y de su definitiva vinculación a Laredo. Independientemente de papeles y cartularios, su labor se prolongaría por más de 30 años (más de media vida de entonces).
Vayamos con la “colonización” de nuestra villa. La lógica nos dice que el poblamiento de Laredo empezaría por el espacio de lo que hoy conocemos como Puebla Vieja (la zona de las seis calles nada más). Y, por lógica, la morada de don Pelegrín tendría que estar comprendida en esa zona a finales del siglo XII y principios del XIII. Aunque cabe otra posibilidad un poco más remota: “Ir y venir de Santoña (Puerto) a Laredo, en barca, constantemente”. Idea no muy descabellada puesto que no podía dejar sus compromisos como abad y con el monasterio de Puerto completamente abandonados. Hemos de pensar, entonces, que la primera morada de nuestro dilecto clérigo estuviese emplazada en la zona alta, la primera que se ocupa, donde su ubica la iglesia, donde se construyen puertas y murallas y donde hoy, todavía, quedan vestigios claros de aquella época. Una vez que las Pueblas Altas (o Viejas) se llenan (y a veces se tardan siglos), hay que buscar nuevos espacios y, así nacen las Pueblas Bajas (o Nuevas) en los “arrabales”; y es allí, curiosamente, donde encontramos los restos de lo que fuese la “Casa de los Puntales” o del clérigo Pelegrín. Casa que, como dije anteriormente, Basoa la cita como: “La casa medieval más antigua de España…” Lo que sí queda claro es que no es del siglo XII-XIII, con lo que don Pelegrín malamente pudo habitar en ella. Por lo que esa denominación popular que se le atribuye constituye una anacronía y un entrañable misterio.
No menos llamativa es la leyenda de la cueva o galería subterránea con arranque en dicha finca que menciona el propio Basoa, y con él, cientos de pejinos. A día de hoy, no conozco a ningún laredano que la haya visitado. Dice Basoa que allí estuvo un tal J. A. Serna Francisco; e incluso un grupo de espeolología estuvo en conversaciones con las hermanas propietarias del inmueble, en un determinado momento, para hacer una excavación que diese luz al asunto y que, al final, se malogró. Por cierto, no confundir esta galería con la que conecta la casa de don Hernando de Alvarado con la Puerta de Bilbao, pues de ésta sí existen más datos.
Termino por donde quería haber comenzado. A finales del pasado año, encontrándome en Sevilla haciendo una “visita guiada”, de esas que tanto me gustan, callejeando, llegamos frente a una casa totalmente apuntalada con grandes vigas de hierro: “La Real Casa de la Moneda”, dijo la guía en castellano e inglés. La verdad, todavía se podía leer en el dintel de la puerta ese nombre pero, quitando la fachada, lo demás era pura ruina. Eso sí, en plena rehabilitación. Y ahí mi pena. Rápidamente recordé Laredo, la calle San Francisco, la Casa de los Puntales y la falta que me hacían aquellos, de hierro, que allí estaba viendo para no perder lo poco y verdadero de la historia que de ella queda. ¿Dejaremos que se pierda para siempre lo poco que aún resiste en pie? ¿O existe un plan decidido para su conservación?
Dentro de unos años, cuando nuestros hijos y nietos oigan hablar de Laredo y de la famosa historia del clérigo Pelegín; de la cueva que dicen había en su casa; y de esa “villa de realengo” que fue Laredo… Sería mejor que tuviesen una fachada donde poderse asomar y ver, y -¿por qué no?- decir: “Ahí están los restos de nuestra historia, nuestras raíces verdaderas”. “¡Y aquí vivió la familia del artífice que levantó y dio esplendor a esta villa!”. Salvar el pasado es tan importante como salvar el futuro.
Bibliografía: M. Baosa Ojeda, Laredo en Mi espejo. Abad Barrasús, EL MONASTERIO DE SANTA MARIA DE PUERTO (SANTOÑA) 863-1210. El Fuero de Laredo en el Octavo Centenario de su Concesión (Varios Autores). Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica, AMEA (Universidad de Cantabria).
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