Asociación de Amigos del Patrimonio de Laredo
LA TALLA DE LA VIRGEN DE LA SOLEDAD
En ocasión anterior he escrito en estas páginas sobre la vida y obra del artista D. Francisco Velasco Torre, nacido en Santander y afincado en Laredo hasta su fallecimiento hace veintiocho años.
Comenté entonces sobre la faceta principal de Velasco, como fue su condición de pintor. Discípulo aventajado que fue en el taller creado por el maestro Daniel Vázquez Díaz en Madrid cuando éste regresó de Paris con un prestigio muy consolidado, Paco Velasco volvió a Santander en 1.928 tras permanecer tres años con su maestro.
La familia Velasco veraneaba en Laredo, en la casa cuyo proyecto encargaron al reconocido Arquitecto laredano Don Joaquín Rucoba, sita en la Calle Santa Catalina, colindante con la Iglesia del mismo nombre, cuya casa hace esquina a la Calle Regatillo. Este Arquitecto fue asimismo el autor del edificio fundacional Colegio “Dr. Velasco” creado a principios del pasado siglo por el tío de Francisco, D. Federico Velasco Barañano, afamado cirujano que ejerció su profesión en Montevideo.
En Laredo, Francisco Velasco conoció a Teresa Enciso y Enciso, hija de padres laredanos establecidos en Madrid, quienes también veraneaban en esta Villa, uniéndose en matrimonio el 23 de Septiembre de 1.931.
La realización de la talla de la Virgen de la Soledad arranca del año 1.952, en que el inolvidable doctor D. Federico Paisan, que acababa de fundar la Cofradía de la Soledad, gran amigo de Velasco, conociendo las especiales aptitudes de éste puestas de manifiesto en la restauración de numerosas tallas, tanto de la Iglesia Parroquial de Santa María como del Convento de San Francisco, a instancia de la Cofradía de Pescadores de Laredo, pidió a éste la realización de una imagen de la Virgen de la Soledad, para sustituir la de relativo valor artístico que hasta entonces existía en la Iglesia. Fueron numerosas las negativas de Velasco, pero pudo al fin el tesón de Paisan hasta conseguir que atendiese el encargo expreso del Pósito o Cofradía de Pescadores, de hacerse cargo de su ejecución.
Ello fue así, toda vez que Velasco, tras instalarse definitivamente en Laredo, apenas salía de su retiro voluntario en su finca y prácticamente las únicas salidas que hacía junto con su esposa Teresa, eran a la casa del Dr. Paisan, en la Plaza del Ayuntamiento, conversando animadamente con los hijos de éste, de edades parejas al matrimonio Velasco-Enciso. También acudían con regular frecuencia al Cine Cantabria, ya que Francisco fue muy aficionado al cine.
El industrial carpintero Manuel Quintana proporcionó la madera necesaria, obtenida de un gran tocho de nogal que encontró en la finca de un labrador de Rada. Troceado en el taller de Quintana para reducirlo a las dimensiones facilitadas por Velasco, entregó a éste un cilindro de 30 cms. de diámetro por 60 de longitud.
Realmente había que hacer el vaciado en yeso, empleando el compás de puntas, pero Velasco decidió con valentía realizar directamente la talla sobre la propia madera, sin más pruebas. En un viaje a Madrid adquirió un juego completo de gubias y escofinas para tal menester.
De regreso a Laredo, inició inmediatamente el trabajo. No hizo bocetos sobre el papel. “Creó” una imagen en su cabeza, la visionó mentalmente desde su percepción artística, rechazándola y reemplazándola por otra, en un fatigoso y concentrado esfuerzo de composición estética.
Una vez fijado en su mente el clisé de la escultura, Velasco arremetió con serena energía el trozo de nogal, en una primera labor de desbaste. Muy lentamente, la madera comenzó a tomar forma humana. Despaciosamente esa trazo se iba perfilando en un rostro indeterminado. Algún tiempo después se concretaba en unas delicadas facciones, que se convirtieron más tarde en un semblante femenino. A lo largo de esta concentrada función creadora, Velasco empleó noventa horas, repartidas a lo largo de un año.
Faltaban aún los ojos, los cuales completarían la figura; pero los que había adquirido en Madrid al ocularista –que no oculista-, de la mejor calidad, no le gustaron y decidió algo que resulta inconcebible: realizar en madera, con sus propias manos, los ojos de la imagen. Comenzó la delicadísima tarea y lentamente, las formas de la córnea, párpados, lacrimal, etc. quedaron definitivamente terminadas. Vino luego la labor de dotarlos del color y brillo necesarios, lo que consiguió después de pintados a base de fino barniz, lijado y más barniz. Al final, los ojos adquirieron un tono y apariencia casi reales.
Volvió Velasco a la talla para realizar el proceso de estucado. Ya no quedaba sino el pintado del rostro, y aquí entró en juego su habilidad como gran pintor.
Por último, luego de practicar los agujeros en el lugar donde iban a situarse los ojos, colocó éstos por detrás de la cara, que previamente había serrado separándola de la cabeza, y los fijó en el ángulo preciso. Después pegó la cara –lo que los tallistas llaman “careta” y la pegó a la cabeza. Los ojos lucen largas pestañas… sin embargo, ello no es así. Un hábil sombreado produce esa ilusión y nadie, absolutamente, repara en ese detalle. Una prueba más de la capacidad artística de Velasco, que me comentaba cuando hablaba de su truco: “Todos sabemos el lamentable efecto que produciría una mujer por muy guapa que fuere, sin pestañas. ¡Había que evitar a toda costa esa impresión!”.¡Y vaya si lo consiguió!.
Al contemplar el rostro completo comprobó que tenía una expresión normal, sin defectos apreciables. Pero lo que para Velasco es un semblante “normal” vino a resultar una talla soberbia, con un gesto de serenísima aflicción, de hondo dolor sobrellevado con entereza. Sobrecoge al mismo tiempo la ternura que irradia.
Elaborado por Ortiz y Quintana el bastidor, se ensambla en él la talla. Llega Marzo de 1.953. Semana Santa. Como las manos están aún sin ejecutar, la disposición del armazón insinúa como unas manos extendidas, que se cubren con un paño, y sobre él se coloca una corona de espinas. Por último, se “viste” la obra con el manto de la antigua Virgen de los Dolores, con lo que la talla cobra una dimensión impresionante. La noticia se extiende por todo Laredo y hay verdadera expectación por conocer la imagen. Se comenta que el artista ha tomado como modelo a una mujer bellísima. El día de Viernes Santo, se inicia por la noche la Procesión del Silencio, y en ella hace su aparición, custodiada por las Cofradías de la Soledad y de la Vera Cruz, la Virgen de la Soledad. El pueblo se siente sobrecogido, transportado a una sensación de éxtasis. Todo Laredo sigue la procesión… a excepción de Velasco, el cual se ha marchado a Santander por unos días para huir de cualquier afán de notoriedad. Una nueva lección de humildad y sencillez.
Transcurrida la Semana Santa, la talla vuelve a la casa de Velasco y éste arremete la difícil tarea de tallar también en madera de nogal, las manos de la Virgen. Prácticamente un año le lleva su realización, y una vez terminadas, las fija a los antebrazos mediante tornillos que permiten moverlas y adoptar distintas posiciones y las acopla a su vez, al armazón del cuerpo.
Falta tan solo la corona, que Velasco diseña y encarga al joyero Daniel Alegre, de Santander, el cual la confecciona con los cubiertos de plata y otras joyas de la familia Paisán. Entretanto, las Religiosas Adoratrices de Laredo terminan el bordado de un precioso manto, que será costeado con dinero procedente de una suscripción popular.
Cuando en la Semana Santa de 1.954 se exhibe la imagen, con sus manos suplicantes, el esplendoroso manto y la refulgente corona, la Virgen de la Soledad pone de rodillas a este pueblo. No hay comentarios. Sobran. Sólo satisfacción interior y muchas lágrimas de sentida emoción.
Hasta aquí, los pormenores de la talla de la Soledad. Han transcurrido cincuenta y cinco años desde su primera aparición, y la popularidad de esta hermosa talla sigue en aumento. A pesar de ello, Francisco Velasco insistió en restarse méritos, alegando que él era sólo pintor, no escultor.
Francisco Velasco Torre falleció en su casa de Laredo el día 9 de Febrero de 1.984, a los 82 años de edad y sus restos reposan en el panteón familiar. ¡Descansa en Paz, mi buen amigo!
RUFO DE FRANCISCO
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